En la vida llega un momento en el que tienes que decidir si un semáforo te controla o si, por el contrario, un cohete te lanza hacia las estrellas.
No hay por qué hacerlo de golpe. Hay personas que lo tienen claro desde el principio, y otras que necesitan de la perspectiva que solo el tiempo es capaz de darnos para determinar en qué lado del muro quieren vivir.
Los peores son los que, con los brazos extendidos, se pasan la vida caminando sobre el bordillo para, irremisiblemente, caer del lado de la lluvia. Piensan que los extremos nunca fueron buenos, que en el término medio está la virtud, pero no se dan cuenta de que virtud y vida nunca fueron sinónimos.
Tienes que decidir si quieres las cifras calculadas y la protección del sentido común o si prefieres llenar la tierra con todas tus lágrimas. Y tienes que hacerlo bien.
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